top of page

FRAGMENTO

Y salen de la ciudad por la puerta norte y por un camino abierto por entre bosques de encinas, robles, coscojos y solitarios pinos piñoneros y el mirto y el romero en flor arriban al monasterio de Sant Jeroni de la Murtra. El encuentro con los Reyes Católicos tiene lugar en el refectorio del monasterio, bajo estrictas medidas de seguridad. El rey y la reina reciben al almirante rodeados de toda la corte, encabezada por el príncipe Juan. La reina se muestra llena de alegría y el rey solemne. Los reyes asombran a sus cortesanos otorgándole a Colón honores singulares, hasta entonces reservados a los más grandes de entre los grandes: se levantan para recibirlo. Colón se pone de rodillas frente a los monarcas, les pide las manos y al ofrecérselas las besa. Entonces, los reyes, en un gesto de honor, le hacen levantarse y le ofrecen un escabel para que se siente.

—Majestades, tengo el honor y la enorme dicha —dice Colón, solemne e intimidado— de comunicarles que después de treinta y cuatro jornadas navegando hacia el oeste desde la isla de la Gomera por el Atlántico, encontramos unas islas y tierras fabulosas por sus riquezas y por su belleza. Dios suele oír a sus siervos y a los que aman sus preceptos, aun en lo que parece imposible, según me ha sucedido a mí, que he arribado a una empresa que no tocó hasta ahora mortal alguno.

 La reina contempla al almirante con una ternura que tiene algo de maternal, siempre había creído en su proyecto, pero como una empresa para expandir la fe. Su faz es gordezuela, apacible, quizá más rostro de abadesa que de reina.  El rey, aunque estamos a finales de abril, tiene puesto su gorro peludo, porque es un gran friolero; juega con el cetro, unas veces dejándolo sobre el cercano edredón o cogiéndolo de nuevo.

—En la isla que bautizamos como La Española —continúa animado Colón— edificamos un fuerte con las maderas de la nao Santa María que encalló en unos arrecifes. Allí hemos dejado 39 hombres. Bautizamos a esa isla La Española porque tiene un paisaje que nos recordaba a España. Sus sierras son hermosísimas y todas andables y llenas de árboles de mil maneras y altos que parecen que llegan al cielo. Y no pierden las hojas, como lo pudimos comprobar, que los vimos tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España. En el mes de noviembre, por allí por donde yo andaba cantaban el ruiseñor y otros pájaros de mil maneras. Hay palmas de seis u ocho maneras, hay pinares a maravilla y hay campiñas grandísimas y hay miel y de muchas maneras de aves y frutas muy diversas.

Y manda que sean mostradas las jaulas con los papagayos, que entusiasma a toda la corte, por ser de hermosos colores: unos muy verdes, otros muy colorados, otros amarillos, que poco se parecen a los que de otras partes se traen. Y les hace probar el ají, especia de los indios, que les quema la lengua, y las batatas, que son raíces dulces. Les entrega guaizas hechas por los indios de pedrería y huesos de pescado, la piel disecada de una iguana, perlas, una carátula con colgantes de oro, elaborados cinturones de oro y otras cosas que trae del otro mundo, que maravilla mucho de ver todo aquello.

—Prometo que con pequeños auxilios que me suministren Sus Majestades he de presentarles cuanto oro se necesite y gran cantidad de aromas, de algodón, de almáciga. Ofrezco lo mismo de ruibarbo y de infinito género de aromas, que estoy ya persuadido han hallado y hallarán todavía los que dejé en la fortaleza. Allí no hay trigo, sino que todos comen pan hecho de unas semillas más gruesas que los garbanzos que hay en estas piñas con pelos en la punta como la barba de los moros —y les entrega una mazorca.

 —Blat de moro —exclama Fernando el Católico con la mazorca en la mano.

Y como colofón, Cristóbal Colón presenta a los aborígenes ante el asombro y la admiración de todos los presentes, los reyes, los consellers de Barcelona, los cortesanos, escribanos, pajes y heraldos de armas. Estos instantes constituyen los momentos fundamentales de la historia universal, representando el encuentro entre dos mundos que hasta ese momento habían evolucionado independientemente. Se cambia el rumbo de la historia.

bottom of page