FRAGMENTO

      Para Giner el papel de la educación es excitar la reacción personal de cada individuo y aun de cada grupo social para su propia formación y cultivo. La preocupación de Giner y  los suyos es que mediante la acción educadora el hombre tome posesión de sí mismo y sea un hombre completo. Un hombre de ideales, capaz de gobernar con sustantividad su propia vida y de producirla mediante un armonioso consorcio de todas sus facultades: hombre de razón y conciencia, lleno de ingenua alegría, de honrada lealtad, laborioso, sincero, cumplidor de su deber, obediente a la ley, sacrificado a su vocación, patriota, pacífico, activo, justo y tolerante. Un hombre refinado sin malicia, civil sin aspereza, amante de todo bien, activo y contemplativo a la vez, vigoroso de cuerpo, sano, equilibrado, correcto y noble de actitudes y que aborrezca la vulgaridad, la informalidad, la suciedad, la envidia y la mentira.

      Los institucioncitas desean entregar a la sociedad hombres completos, es decir, distintos a la vez del intelectual, de cuya educación clásica se contentaban hasta entonces, y del profesional que el utilitarismo a la moda querría crear. Hombres abiertos a todos los ámbitos del interés humano en la vida y en el mundo.

      Con esta actitud anti intelectualista no se trata de negar la razón sino reincorporarla a su ser integral curándola de una amputación arbitraria y caprichosa. Solo en la integridad de sus manifestaciones se llega a Razón la totalidad del espíritu. Tal es el sentido de la razón armónica. Esta resuelta afirmación racionalista es lo que separa el vitalismo histórico de Cossío de la concepción contemporánea de Dilthey.

      Educada la sensibilidad con el vivir continuo y repetido en las esferas de la belleza – escribe el institucionista Adolfo Buylla – del suave afecto y del sentimiento puro, educada la inteligencia mediante el gradual y metódico desenvolvimiento del conocer, educada la voluntad en la práctica de la justicia, en el respeto a la igualdad, en el culto a la tolerancia, en el cumplimiento del deber, desarrollando el cuerpo con norma y medida, para el espíritu, en su omnilateral evolución, no le sobrepuje, y él tampoco, a su vez perjudique a la vida del espíritu, habremos llegado al hombre ideal, que tan admirablemente compendia el ex rector de la Institución Libre de Enseñanza, don Francisco Giner de los Ríos”.

      En lo esencial, resumen los instucionistas, la educación consiste en capacitar, en dar vida. Puesto que capacitar no consiste en otra cosa que en lograr que la vida se realice, la educación es, pues, una tarea vivificadora.

      La escuela, por tanto, debe estar en medio de la vida y ésta, a su vez, debe penetrar entera en la escuela. Fuera del contacto directo con la realidad del mundo todo cuanto se haga en la escuela, en cualquiera de sus grados, es tiempo perdido o deformación perjudicial. El mundo entero debe ser, desde el primer instante, objeto de atención y materia de aprendizaje.

      La escuela, pues, no ha de ser la imagen de la vida, sino la vida misma. Escuela de la vida, por la vida y para la vida, con lo cual el educando no sea ya un simple recipiente donde verter un contenido de fórmulas esquemáticas y muertas.

      “Si le importa forjar el pensamiento como órgano de la investigación racional y de la ciencia – seguimos leyendo en el programa de la Institución de 1910-, no menos le interesa la salud y la higiene, el decoro personal y el vigor físico, la corrección y la nobleza de hábitos y maneras; la amplitud, elevación y delicadeza del sentir; la depuración de los gustos estéticos, la humana tolerancia, la ingenua alegría, el valor sereno, la conciencia del deber, la honrada lealtad, la formación, en suma, de caracteres armónicos, dispuestos a vivir como piensan”.

 

      IV IDEARIO PEDAGÓGICO DE LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA

 

      Giner de los Ríos define la Pedagogía como la “ ciencia de la educación o desenvolvimiento, conservación y corrección de todo ser mediante la dirección de los racionales”.

      Se desprende que para Giner la Pedagogía es una ciencia, aunque al depender de la “dirección de los racionales” es también un arte. Es decir, según Giner de los Ríos, la Pedagogía tiene una doble dimensión: la dimensión científica y la dimensión artística.

      Como ciencia la Pedagogía ha de comprender una serie de conocimientos relativos a la educación, ordenados y elaborados, y sujetos a unas leyes determinadas, de forma que puedan ser aplicadas como verdades comprobadas.

      Pero es preciso relacionar los conocimientos teóricos con la experiencia, con la práctica.

      “No cabe que comprendan los más sencillos hechos o principios pedagógicos –escribe Giner de los Ríos-, si no los ven aplicados en la enseñanza de otros o los sienten en la suya propia”.

      Por tanto para Giner la Pedagogía es, a la vez, una ciencia teórica y una ciencia práctica.

      Como arte la Pedagogía es la aplicación práctica de los conocimientos científicos para poder lograr el “desenvolvimiento, conservación o corrección”. Es decir, para Giner la Pedagogía es un complemento. No se hacen buenos educadores con sólo con que se les explique todo lo relativo al niño, a su desarrollo y lo que ha de enseñar en cada momento; no se hará un buen maestro del que no le guste la enseñanza, ni le interesen los alumnos. Por ello Giner, al dar primacía a la disposición y a la vocación, decía:

      “Dadme al maestro y yo os abandono la organización, el local, los medios materiales, cuantos factores en suma contribuyan a auxiliar su función. Ël se dará arte para suplir la insuficiencia o los vicios de cada uno de ellos”.

      O sea, para Giner, la Pedagogía añade a la disposición natural para educar una serie de conocimientos, tanto prácticos como teóricos, que considera necesarios a todo educador.