FRAGMENTO

¿Cómo hacer compatible la defensa de la propia comunidad con la convivencia con las otras realidades nacionales?

      La tendencia a la universalización, a la superación de fronteras y cualquier tipo de barreras es un movimiento irremediable y, por otro lado, necesario. El desarrollo de los medios de comunicación y de transporte convierte a los apegados a su terruño en aldeanos y navegantes a contracorriente. El capital, y en conjunto la economía, ya hace tiempo que se mueve sin tener en cuenta la parcelación territorial del globo.

      Esa globalización de la economía está beneficiando a unos sectores en perjuicio de la mayoría de la población de la Tierra.

      Es cierto, pero es porque el proceso de universalización se está realizando de una manera imperfecta y egoísta. Precisamente esos sectores que se benefician de la globalización son los que más obstáculos ponen al desarrollo para seguir en su situación de privilegio.

      Pero la identidad de cada uno se fundamenta en la comunidad donde se ha nacido y se vive. Es decir, no somos seres aislados, todos tenemos una patria de la que se participa la forma de ser, de sentir, de hablar, de vivir. Todo el mundo es deudor del acervo acumulado por su comunidad a lo largo de su historia. Y se engendra toda una serie de afectos y pasiones, muy encomiables, similar a la que se siente por los padres, que son nuestras raíces más directas e inmediatas.

      No cabe duda que si desaparece la idiosincrasia de cada país, sus realidades culturales y lingüísticas, se cercena lo más esencial de nosotros mismos. Por tanto, uno de nuestros objetivos sociales es evitar que ello ocurra. Aunque no debemos envanecernos en una patria petrificada, sólo anclada en el pasado o que es superior a las demás, porque todas las comunidades, al igual que las costumbres, las culturas, las lenguas, evolucionan, se enriquecen unas con otras, se amoldan a las nuevas situaciones.            Quizá se llegue al modelo único, no sé, al menos el devenir de las sociedades ha tomado      esa dirección.

      El dilema estriba en la defensa de nuestra identidad nacional y, al mismo tiempo, en la sincronización con realidades cada vez más universales.

      Sí, yo creo que el proceso de integración que está llevando a cabo Europa va en la dirección adecuada: se respetan las identidades nacionales y, al mismo tiempo, se busca la integración en instancias cada vez más amplias. Y todo ello envuelto en un ambiente democrático que salvaguarde la pluralidad, la diferencia y la tolerancia.

     Pienso que ese proceso unificador de Europa concuerda a como sepamos resolver la integración y la convivencia de la pluralidad española.

Lo que pasa es que los nacionalismos, que son buenos y necesarios porque defienden las peculiaridades de cada sociedad, cuando se radicalizan pueden llegar al fanatismo y a la irracionalidad. Y de ahí a la violencia no media ni un paso. A veces hay motivos que pueden conducir al extremismo, como ocurrió con el irredentismo alemán después de la Primera Guerra Mundial en que tuvieron que hacerse cargo de todos los gastos de la guerra, porque los responsabilizaron de ese desastre, en medio de una crisis económica sin precedentes y, por añadidura, estaban controlados para no poder resurgir. Y todo ello sin haber sido derrotados militarmente. No fue difícil que una mente malévola y hábil como la de Hitler recondujera esa irritación colectiva hacia las mayores locuras.

 

      Pero muchas veces se llega al extremismo sin ninguna base real. ¿Qué motivos tienen algunos sectores nacionalistas para sentirse exacerbados contra España hasta el punto de llegar al atentado terrorista? Con machacona insistencia se les oye decir que no son españoles e, incluso llegan a la incongruencia de exigir “fuera los españoles de Euskadi” o “fora els espanyols de Catalunya”. Es como si los genoveses o los venecianos dijeran “fuera los italianos de Génova o del Veneto”. O si los espartanos de la Grecia clásica, cuando la guerra del Peloponeso, hubieran dicho que iban a derrotar a los helenos al dirigirse contra los atenienses. Los espartanos se sentían tan helenos como los atenienses y, por mucho odio que sintieran contra éstos, no caían en la ingenuidad de auto marginarse de la Hélade porque los atenienses también lo fueran.

 

      Le estoy dando buena cuenta al jamón... y al vino. No tardaré mucho en verle el culo a la botella si sigo bebiendo a este ritmo.

 

      No..., empezar otra botella no sería aconsejable. Cogería una cogorza de aúpa. Pero es que pasan muy bien estos vinos. Y el calmante parece que ya ha hecho sus efectos, pues el dolor de cabeza y ese malestar general que padecía se me están pasando.

      Pues sí, lo de decir “fuera los españoles”, al igual que si se les ocurriera a los que viven en la margen izquierda echar de la ría del Nervión a los bilbaínos, sería una trivialidad cómica, de no ser que las marginaciones son causa de derramamiento de sangre y de mucho dolor. Porque Hispania  -España- es toda la península y, precisamente, los vascos tienen lo más genuino de la españolidad, pues conservan una lengua sin casi contaminación del latín foráneo.