El lado oscuro de Magallanes.


El pasado 22 de marzo, al hacerse eco el diario ABC de los actos que se celebraron cuando se conmemoraba el quinto centenario de la firma de las Capitulaciones entre el rey Carlos I y el bachiller Ruy Faleiro y Fernando de Magallanes, caballeros naturales del reino de Portugal, para dar asiento a un viaje a las islas y tierra firme de ricas especerías, Jesús García Calero publica una crónica que titula “ El lado oscuro de Magallanes” en la que recoge las afirmaciones que hizo la historiadora norteamericana Carla Rahn Phillips en el Congreso previo de Valladolid. Afirmaciones de las que quiero discrepar con rotundidad por considerar que no se atienen al rigor histórico.

Réplica:


La historiadora afirma que Magallanes tuvo la misma visión que Colón de llegar a la Especería por la ruta del oeste, pero con la fortuna de obtener el respaldo del viaje en menos de dos años, mientras que a Colón le costó nueve años conseguirlo. Aquí la historiadora norteamericana no tiene en cuenta que cuando Magallanes y Faleiro solicitan el viaje al Malucco ya estaba funcionando en Sevilla la Casa de Contratación, que era el organismo que atendía todo lo referente a los asuntos de Indias y que cuando Colón solicitó su viaje aún no existía. Además el descubridor de América tuvo que esperar a que se terminara la conquista de Granada, que era el asunto prioritario de las RR.CC.


También Carla Rahn afirma que Magallanes tuvo mucha suerte porque el viaje lo contó Pigafetta. Pensamos que la suerte la tiene la posteridad, pues gracias al humanista italiano, tildado de aventurero, tenemos pormenorizadas noticias de este histórico viaje. Ojalá hubieran habido escritores como él en muchos otros acontecimientos históricos. Que para Pigafetta “Magallanes era el héroe y Elcano el hombre que había que derribar”. Hemos de ser ecuánimes. El cronista italiano era de la dotación de la nao Trinidad y no odiaría tanto a Elcano cuando decidió cambiarse de barco y marchar con la Victoria capitaneada por el de Guetaria, a sabiendas que viajar en solitario y de un tirón con una nave de poco tonelaje y medio podrida por todo el Índico y cruzar el peligroso Cabo de Buena Esperanza y regresar a casa sin poder hacer escala para hacer acopio de provisiones, agua, leña y repuestos y dando grandes rodeos por miedo a ser avistados por los portugueses que, con toda seguridad, si los apresaban no dejarían a ninguno con vida. Probablemente habría que buscar esa supuesta enemistad hacia el capitán Elcano en los sucesos acaecidos cuando navegaban en la misma meridiana de Mozambique.


La historiadora norteamericana dice que Magallanes “no escuchó a sus capitanes”, “contraviniendo las órdenes expresas del Rey”. Y tiene razón. Pero no se pueden hacer juicio de valores a posteriori. Para entender ese comportamiento y el meollo del viaje se precisa una explicación. En primer lugar, en las Capitulaciones se introduce una novedad no prevista para ningún viaje hecho hasta la fecha. No lo había aprobado el Consejo de Indias para el viaje de Magallanes, sino para cualquier viaje que en adelante se hiciera. Y todas las innovaciones, hasta que la costumbre las institucionaliza, crean roces y recelos. Para que la Corona tuviera razón de cuanto aconteciera y se recaudara en los viajes se designan por real orden capitanes, factores, tesoreros, contadores, escribanos y pilotos. Los capitanes asignados a la armada del Malucco eran de noble nacimiento. D. Juan de Cartagena, por ejemplo, era primo carnal del cardenal Fonseca, el todopoderoso en asuntos de Indias. Al considerar a Magallanes, no ya portugués, sino de una escala inferior dentro del ámbito nobiliario, el trato no podía ser muy cortés. Le rechinaban los dientes al tener que obedecer las órdenes de Magallanes, lo que no pasaba desapercibido para cualquier observador. En una ocasión el tesorero de la armada y capitán de la Victoria Luis de Mendoza se atrevió a desobedecerle descaradamente. Y el almirante no lo despidió porque había sido nombrado por el propio emperador. Pero Magallanes pensaba que una vez en altamar ya les rebajaría su arrogancia al tener señorío de vida o muerte. Al ser descartado Faleiro por enfermedad, Juan de Cartagena es nombrado capitán de la nao San Antonio, la de mayor tonelaje y mejor equipada, que era la designada para el socio de Magallanes. Además Cartagena es nombrado persona conjunta, o sea, después de Magallanes, que era el Capitán General de la armada, el segundo en el mando.


Pero el problema estaba en el rey Manuel de Portugal, que no veía con buenos ojos que el reino de Castilla, su rival en asuntos de ultramar, se adueñara de las islas de las especias, que era el tesoro más codiciado, y que ya casi las tenía en la punta de la mano. Y máxime siendo dos súbditos suyos, como eran Magalhaes y Faleiro, los que iban a perpetrar tal desmán. E hizo todo lo posible para abortar el viaje. Cuando se encontraban en Zaragoza con el obispo de Burgos y presidente del Consejo de Indias, el cardenal Fonseca, ultimando las providencias para el apresto de la armada y, a través de su embajador Álvaro de Costa, el rey Manuel pretendió indisponer al joven monarca Carlos I diciéndole que no era honrado tomar los servicios de unos renegados teniendo súbditos con más experiencia. Pero el problema se resuelva cuando Carlos I le pasó la cuestión al cardenal Fonseca, que era un decidido entusiasta de que el viaje a las Molucas se llevara a cabo. Entonces el embajador intentó persuadir a Monsieur de Xevres, pues su poder e influencia sobre el joven monarca eran ilimitados. Xevres disponía a su antojo de empleos, oficios y obispados que los dispensaba a sus paisanos flamencos. El arzobispado de Toledo, que era uno de los de mayor rango, se lo adjudicó a Guillermo de Croy, por el simple hecho de ser su sobrino. A Xevres le era lícito entrar a saco y llevarse todo lo que quisiera. Su avidez por los doblones de oro de dos cabezas se hizo proverbial. Por eso cuando alguien conservaba uno solía exclamar:


“Doblón de a dos norabuena estedes

pues con vos no topó Xevres”.


A pesar que el embajador de Portugal le ofreció a Xevres sustanciosas sumas no consiguió que el viaje fuese abortado. Probablemente vería más negocio con las islas de la especería. D. Álvaro de Costa resume así sus gestiones en carta enviada al rey D. Manuel:


“Alteza: Sobre el negocio de Fernao de Magalhaes estoy trabajando muchísimo. Hablé, estando enfermo Xevres, muy en serio al rey D. Carlos, `presentándole muchos inconvenientes: cuan feo es recibir un Rey los vasallos de otro Rey amigo en contra de su voluntad, que es cosa que entre caballeros no se acostumbra; que no es tiempo de disgustar a Vuestra Alteza y más en cosas de tan poca importancia e incierta, que vasallos tenía para descubrimientos sin echar mano de los que vienen descontentos de Vuestra Alteza y de quien Vuestra Alteza no puede menos que tener sospecha: que hacer esto es disgusto cuando se trata de estrechar el deudo de Vuestra Alteza con el casamiento. Quedó espantado con lo que le dije y D. Carlos respondió con muy buenas palabras que no era ánimo disgustar a Vuestra Alteza; que viese al cardenal y le hiciese razón de todo. A D. Carlos no le pareció bien este negocio y me ofreció cuanto en él estuviese. Sobre esto fueron llamados el obispo de Burgos, que es quien sostiene este negocio, y dos del Consejo. Pero estos persuadieron al rey que debía seguir lo empezado, que el descubrimiento meditado caía en sus límites; que Vuestra Alteza no debía llevar a mal que se sirviesen de dos vasallos suyos, hombres de poca sustancia, sirviéndose Vuestra Alteza de muchos castellanos alegando otros pretextos. En fin, el cardenal me dijo que los dichos insistían de modo que el Rey no podría mudar resolución. Convalecido Xevres volví a hablarle, y da la culpa a dichos castellanos del empeño del Rey en el negocio. Esta mañana he hablado con Magalhaes, el hombrecillo testarudo e insignificante, pero que resulta un peligroso rival en el tablero de la diplomacia, y por más que le he mostrado la miel y el látigo no he conseguido convencerle. Mi parecer es que Vuestra Alteza recoja a Magalhaes, que sería una gran bofetada para estos; del bachiller Faleiro no se haga caso, duerme poco y anda casi fuera de seso”.


Para no caer en una emboscada asesina, por recomendación del cardenal Fonseca los promotores del viaje, Magallanes y Faleiro, se refugiaron en el monasterio de Montserrat. Y ya en Sevilla, ocupados en el apresto y reparación de las naves, recibieron el acoso del agente del rey portugués Sebastián Álvarez. Como por las malas no pudo destruir la escuadra del Malucco al provocar un motín con la chusma del puerto, decide sembrar cizaña presentándose a Magallanes como un buen amigo que busca su bien y le duele que los castellanos no lo valoren. Y le revela que es conocedor de unas instrucciones secretas que vendrán a mermar su autoridad cuando ya sea demasiado tarde para su honor. Y Magallanes, que siempre sabe dominar sus emociones, hace un movimiento involuntario. De repente le viene a la mente y le martillea que la Corte de Don Carlos está adoptando últimamente hacia él una actitud ambigua. ¿A qué viene la prohibición de llevar más de cinco portugueses? ¿A qué viene la persona conjunta tras el cese de Faleiro? ¿Y lo de veedor, contador y tesorero, cargos para controlarle, cuando hasta ahora nunca se había previsto en ningún otro viaje? ¿Acaso el Emperador lo quiere traicionar para congratularse con el rey D. Manuel?


“Alteza – escribe el confidente al rey Manuel- este hombre es duro como una roca. Le he porfiado y le he rogado con buenas palabras de amistad. Nada he podido, pero cuando le he hablado de la conspiración que le tramaban, el impertérrito se ha mostrado altamente sorprendido de que yo supiera tanto”.


Cuando la escuadra está a punto de zarpar del puerto de Monterrosa en Tenerife le llega una carabela fletada por Diego Barbosa, el suegro de Magallanes, con un mensaje secreto para prevenirle de que el rey Manuel acaba de enviar bajeles para interceptarle el paso a las islas de la especería. Y que los capitanes que lleva a bordo tienen tramado un plan secreto para negarle la obediencia en plena travesía. Quien acaudilla la conjura es Juan de Cartagena. Pero los dados ya están echados y le responde a su suegro:


“Suceda lo que suceda, permaneceré firme al servicio del Emperador, aunque con ello me fuere la vida. No temáis, que sabré defender lo que es mío. Recibid todos un abrazo”.


Por ello Magallanes se cierra en banda. Piensa que mientras mantenga en secreto la ruta todos le obedecerán. Que simplemente sigan la estela de la nao Trinidad son las órdenes que da a los capitanes y pilotos. Y que todos los atardeceres debían presentarse a la nao almiranta para recibir las disposiciones oportunas. Para despistar a los bajeles portugueses, que sospecha les persiguen, sin previa consulta a capitanes y pilotos, Magallanes interna a la escuadra en una zona de calmas chichas, que obliga a grandes esfuerzos y trabajos.


Aprovechando que toda la oficialidad había subido a bordo de la nao capitana para dictaminar el castigo al maestre Antón Salomón por sodomizar a un grumete, Juan de Cartagena exige a Magallanes el derrotero a seguir por el cargo que ostenta en la armada y por la responsabilidad que pesa sobre él. Magallanes le responde que su misión es seguir simplemente a la Trinidad. Y que nadie tiene que pedirle explicaciones. Que han de obedecerle lisa y llanamente. Juan de Cartagena, en presencia de todos y en un arrebato de acaloramiento se declara en rebeldía. Y en una rápida intervención Magallanes coge del pecho a D. Juan de Cartagena y ordena su arresto y antes de que reaccione ya está encadenado por el alguacil Gómez de Espinosa. Los compañeros de la reunión, los otros capitanes y pilotos, tienen el pasmo en los ojos. La prontitud de este alarde de autoridad y la penetrante mirada del almirante que va de uno a otro, desafiante, taladra sus cerebros y les enajena su voluntad.


D. Juan de Cartagena es desposeído de todos sus cargos y Magallanes pone de capitán de la nao San Antonio a su primo Álvaro de Mezquita. Con las dos naves de mayor envergadura bajo su estricto control tiene dominada la escuadra, pues Magallanes no quiere que le pase lo mismo que a Bartolomé Días quien, después de averiguar el final del continente africano y atravesar con grandes dificultades el cabo de las Tormentas (actual cabo de Buena Esperanza), la tripulación amotinada obligó a regresar a Portugal y no le cupo la gloria de ser el primero en llegar a las Indias. Magallanes sospecha que, una vez atravesado el paso que comunica el Atlántico con el mar que descubrió Balboa, los capitanes se conjurarían para regresar a España y privarle de llegar a las islas Molucas, que es la finalidad del viaje. Por eso quiere tener bien afianzado el control de la escuadra.


Avistando las costas americanas la escuadra enfila hacia el sur en busca del paso. Los días se suceden y el viento viene cada vez más fresco. Y el paso no aparece donde señalan los documentos que sustrajeron Magallanes y Faleiro del archivo de Lisboa, el más importante y completo del mundo. Y continúan navegando fatigosamente hacia el sur pensando que solo fuera un simple error de cálculo. Y se pierden días y semanas enteras explorando las bahías y cualquier entrante de la costa con la esperanza de encontrar el anhelado paso. Pero éste no aparece, al tiempo que el temporal helado maltrata el velamen. El látigo del viento flagela con saña y con su gélida zarpa desgarra sin compasión. El invierno austral se les echa encima. Ahora comprende Magallanes que esos mapas, confeccionados por insignes geógrafos como Martín de Behaim o Juan Schöner, son pura ficción. Cándidamente, tanto Magallanes y Faleiro como el cardenal Fonseca, el Consejo de Indias y el propio emperador Carlos, los tuvieron por verdaderos, pues ese estrecho, tan buscado desde Colón, abriría las puertas de la Especería a Castilla. Pero Magallanes ha llevado la situación tan lejos humillando a los capitanes puestos por el mismo Emperador que no puede regresar sin haber conseguido algo positivo. Ahora no les puede decir que se ha equivocado, que por precipitación tomó por verdaderas unas noticias falsas. Probablemente, de no haber sido por esa tirantez entre Magallanes y sus capitanes, hubieran regresado a casa y el viaje de la vuelta al mundo no se hubiera hecho. Así de sencillo.


Pero Magallanes no es ningún suicida y si sigue adelante es porque llega a la conclusión de que el pasaje hacia el mar que descubrió Balboa forzosamente ha de aparecer. Constata que la costa siempre deriva hacia el oeste, por lo que estas tierras americanas también deben tener forma piramidal, cuya cúspide se dirige hacia el sur como África, Indonesia o Malaca, territorios que conoció en los siete años que estuvo en las Indias Orientales. O se abre un canal o termina redondeándose el continente. Pero como la vida a bordo resulta muy dificultosa, pues el frío deja aterido e incapaz de poder hacer nada, decide guarecerse un una bahía que bautizan de San Julián hasta que pase el terrible invierno austral.


Es comprensible el enorme malestar que se genera en la tripulación, que se convence que por las buenas no hay convivencia con este siniestro personaje, quien decide, sin consentimiento ni consulta de nadie, aguantar la invernada en ese lugar tan apartado de la Tierra y que ningún navegante había señalado jamás. Gritos de indisciplina e irritación surgen de entre la heria, que el Capitán General sabe abortar antes que la indisciplina llegue a mayores.


Pero los capitanes castellanos no piensan que Magallanes esté loco. Se dan cuenta que no evacuaba ninguna consulta con ellos ni les decía donde estaba el paso, porque sabía perfectamente que por esas latitudes no existe la travesía al mar soleado de Balboa. Piensan que Magallanes y Faleiro, seguros de sí mismos y con el secreto arrancado de los archivos portugueses, embaucaron al emperador y al cardenal Fonseca asegurándoles que sabía dónde estaba el pasaje al mar de Balboa y la situación exacta de las Molucas, por lo que no se dudó un instante en facilitarles una formidable escuadra. La prueba de que el paso no existe está en que los portugueses no lo utilizan. Pero como Castilla lleva años intentado llegar a las Molucas, el rey D. Manuel de Portugal teme que las descubra y las domine, ahora que está a punto de alcanzarlas por la ruta de Oriente. Es por lo que hace lo posible para mantener entretenida a Castilla y mientras tanto sentar sus reales en las islas de la especería. Quien tiene derecho a un territorio es el reino que primeramente toma posesión. Lo que está haciendo Magallanes es tener entretenidos al emperador y a Castilla por algunos años con la vana esperanza de llegar a las Molucas y así darle tiempo a Portugal para conquistarlas. Y los capitanes castellanos se convencen de que su obligación es desbaratar cuanto antes esas maquinaciones de los portugueses. Piensan que el emperador sabrá tener en cuenta al alto servicio que le prestan. Y aprovechando la gélida noche se apoderan de la nao San Antonio quitándole el mando ilegal que ostentaba Álvaro de la Mezquita.


Al día siguiente Magallanes comprueba que sólo le obedece la nao más pequeña, la Santiago. Difícil se le presenta a Magallanes, tres contra dos, aunque en caso de combate poco podría hacer la Santiago. Pero la astucia del almirante hace girar la balanza. Se adueña de la nao Victoria en un alarde de sagacidad en pleno día y delante de todos. Y por mucho que Gaspar de Quesada, armado de pies a cabeza, arenga al combate, la gente se rinde a Magallanes sin contradicciones.


La historiadora norteamericana Carla Rahn dice que tras el alzamiento el castigo “fue desmedido”. “Si hubo proceso, no ha dejado documento alguno”. “Ejecutó- explica la historiadora- sumariamente a dos capitanes: Luis de Mendoza fue descabezado y descuartizado. Gaspar de Quesada afrontó el mismo destino”. “A Juan de Cartagena, veedor al que el Rey había puesto al mismo nivel de mando que Magallanes, no se atreve a matarle. Le abandona en una pequeña isla”. “Luego conmuta el resto de sentencias para usar a los condenados, incluido Elcano, en los trabajos más duros en la reparación de las naves”.


Señora Carla Rahn, hay documentación sobre el juicio que se hizo a los sublevados. Cuando la nao Trinidad, destrozada por terribles tifones, se vio obligada a regresar a Tidore (isla de las Molucas) de su viaje de retorno a España por el Pacífico norte, vieron con estupor como una escuadra de siete navíos portugueses al mando de Antonio de Brito, nombrado por el rey de Portugal gobernador de las islas de las Especias, había destrozado la factoría que dejaron allí, tras confiscar las mercancías y aprisionar a los hombres que estaban al frente de ella. También encarcelaron a los supervivientes de la nao Trinidad (que se sepa solo regresaron después de diez años de penoso cautiverio Gómez de Espinosa, Pancaldo y Ginés Mafra) y se incautaron de todos los papeles de la nao Trinidad, instrumentos náuticos, portulanos y los libros de Magallanes, de Andrés de San Martín y de Juan Serrano. Por una carta que envió Antonio de Brito con informaciones obtenidas de los documentos robados y de los interrogatorios a los prisioneros sabemos cómo se llevó a cabo el juicio a los sublevados en San Julián. Un juicio en toda regla, donde no faltaron ni formalidades ni requisitos. Como si se tratara en Sevilla. Magallanes lo requiere porque las personas encausadas son de tal rango que necesitaba de toda la legalidad para cuando se regrese a España. Magallanes no desea que se le reproche de injusto, cruel y déspota. Los merinos de la escuadra, Alberto, Yudícibus, Diego de Peralta, Julio de Sagredo y Juan de Aroche formaron el tribunal. Han de decidir el grado de participación de los implicados en la rebelión y su culpabilidad. Magallanes se reserva, como juez supremo, el dictamen de la sentencia o la absolución. Los cinco escribanos tomaron nota para dejar constancia de todas las pesquisas y de todos los actos delictivos. O sea, hubo un juicio legal, un tribunal imparcial que estudia a fondo y con detenimiento los hechos. Los testigos declararon con entera libertad. Los reos tuvieron ocasión de defenderse. Y el tribunal dicta con arreglo a la ley sentencias de muerte por alta traición a cuarenta. A Magallanes le correspondió confirmar esas sentencias. Sólo fue condenado a muerte por decapitación, en atención a la categoría de su persona, el capitán Gaspar de Quesada, porque se manchó las manos de sangre al acuchillar al maestre de la nao San Antonio Elgorriaga, que murió de gangrena. El capitán Luis de Mendoza murió cuando los leales a Magallanes asaltaron la nao Victoria. Y siguiendo la costumbre de la época estos dos cadáveres fueron descuartizados con cabestrantes a falta de caballos. A los demás, entre los que se encontraba Elcano, se les conmutó la pena de muerte por trabajos forzados. Los cerebros de la conspiración, Juan de Cartagena y el clérigo Sánchez Reyna, fueron abandonados en la bahía de San Julián con sendas espadas, dos rodelas y un saco de vituallas para que Dios hiciera de ellos lo que mejor pluguiera a sus destinos. Hay que tener en cuenta que si hubiera triunfado la rebelión el viaje de la primera vuelta al mundo no se hubiera hecho.


La historiadora norteamericana Carla Rahn Philips escribe: “ Y al llegar a Mactán Magallanes vuelve a mostrar un sombrío delirio, al interponerse en una querella local que acaba en batalla y finalmente le cuesta la vida el 27 de abril de 1521. Contraviene otra vez las órdenes del Rey, baja del barco y muere acribillado. ¿Y la misión? Si no fuera por Juan Sebastián Elcano no habría concluido. Se habían desviado de su destino en Molucas (…) Y si hubiera sido mejor líder, ni la conjura de San Julián ni su muerte en Mactán habrían ocurrido”.


¡Vaya forma de interpretar la Historia! No se habían desviado de su destino de llegar a las Molucas. La estancia en las islas de San Lázaro (Filipinas), descubiertas por el azar del destino, fue necesaria para restañar las carencias sufridas en la larga travesía por el Pacífico. Además, pocas veces se ha llevado a cabo una empresa con mayor plenitud. ¡Y en el otro extremo de la Tierra y sin derramar una sola gota de sangre! A Magallanes se le puede comparar al mayor de los conquistadores, pero con la diferencia de no hacer uso de la violencia. Consigue que se hagan cristianos sin ningún tipo de presión cientos de filipinos. Logra que se sometan a la obediencia del lejano emperador Carlos de España. Y para que sea duradero este sometimiento hasta que regresen a estas islas con más hombres y fuerzas Magallanes hace que todos los rajás de todas aquellas islas rindan homenaje y acaten como su único jefe al rajé Humabón de Cebú. Así arranca una unidad política que es la base de la nación filipina. Conseguido este triunfo sin parangón, Magallanes decide rematar su misión de arribar a las Molucas. Prácticamente lo había conseguido, pues su esclavo malayo Enrique, que lo adquirió en Malaca, había arribado a sus tierras de origen dando la vuelta al mundo. Preparados para zarpar, cuando de la vecina isla de Mactán llega un joven con algunos guerreros y se postra a los pies del jefe de los españoles en señal de acatamiento y dice que el rajá Lapu Lapu de Mactán se somete al jefe extranjero, pero no obedece al rajá Humabón. El rajá de Cebú, que está presente, aclara a Magallanes que siempre ha estado en guerra con Lapu Lapu y que si le prestara unos guerreros pronto lo derrotaría. Es entonces cuando Magallanes dice que a quien le corresponde castigar a ese insolente de Lapu Lapu es a él. Que es la oportunidad de oro de mostrar el poderío de los españoles. Es una ocasión que no se debe desaprovechar. Una lección militar es más elocuente que mil palabras. El rajá Humabón le ofrece dos mil guerreros para ayudarle, a lo que Magallanes responde que un almirante del emperador de toda la Cristiandad rebajaría su dignidad mandando todo un ejército sobre esos andrajosos. A Humabón le dice que puede presenciar el combate pero le prohíbe que intervenga. Los capitanes previenen a Magallanes que salir con poca gente es arriesgado porque serían miles de isleños los que atacarían con flechas envenenadas. Y Magallanes responde que uno solo, bien armado y con la armadura, puede hacer frente a cien de esos isleños. Explica que se haría como en las islas de los Ladrones, que solo con cuarenta y unos cuantos tiros de arcabuz hizo que los isleños huyeron como alma que lleva el diablo. Que lo que demostraron a modo de diversión de dar golpes, lanzadas y cuchilladas a un hombre dentro de su armadura sin que recibiera un mal rasguño lo demostrarían a mayor escala a Lapu Lapu.


Magallanes, como buen pastor, se embarca en dos bateles y el esquife con sesenta hombres con coraza, rodela y yelmo y, a base de remo, se dirigen a la cercana Mactán. Es el 27 de abril de 1521. Los ballesteros con sus ballestas y los arcabuceros con sus armas de fuego. También se embarcan algunos versos y falcones. Pero los atacantes no logran acercarse a la orilla porque una barrera de apretadas rocas coralíferas les corta el paso. Magallanes y cuarenta y nueve de sus hombres se ven obligados a saltar al agua, cuando aún falta bastante distancia para llegar a tierra firme. Como las pesadas armaduras hacen difícil la progresión hacia la playa, se han de abandonar las grebas y armaduras de brazo y piernas. Los once que quedan en las chalupas disparan las piezas de artillería, a fin de ahuyentar a los mactanos de las playas para que sus compañeros puedan hacer un desembarco en toda regla. Pero la distancia hace ociosos esos disparos. Los arcabuces no pueden ser montados si no es en tierra firme. Y a causa de la distancia los ballesteros apenas logran herir a algunos isleños. Los mactanos, que suponían a los extranjeros invictos, descubren que sus armas no los matan. Pierden el respeto y acrecientan su furor. Repartidos en tres batallones dos mil mactanos se lanzan como verdaderas aves de rapiña sobre los desconcertados invasores. Una flecha envenenada atraviesa la pierna del capitán general y en medio de un griterío de muerte los expedicionarios huyen a la desbandada. Con siete u ocho incondicionales muere Magallanes.


La historiadora añade que “la misión del portugués fracasó en cierta medida, porque las Molucas estaban al final en la zona de influencia portuguesa. El verdadero activo fue la vuelta al mundo, obra de Elcano”


A toro pasado es fácil hacer afirmaciones, pero en aquella época nadie sabía la situación exacta de las Molucas. Nadie sospechaba las enormes dimensiones que tenía el océano Pacífico. Magallanes y los suyos sufrieron en sus carnes la travesía de este extenso océano al que ellos mismo bautizaron de Pacífico. Estando en las Molucas con las dos naos supervivientes de la escuadra magallánica, la Trinidad, capitaneada por Gómez e Espinosa y la Victoria, por Juan Sebastián Elcano, se discutió la ruta de regreso a casa. Hacerlo por donde habían venido no entraba en los ánimos de ninguno. Había que encontrar otro itinerario más asequible para ir y volver a las islas de la especería. Carballo, Gómez de Espinosa, Punzorol, Mafra y otros piensan que el regreso se podía hacer por el Pacífico norte hasta llegar al Darién y de allí a casa sin problemas. Y es una ruta que cae dentro de la demarcación que el tratado de Tordesillas permite a Castilla. Sin embargo, Elcano, Pigafetta, Albo y otros opinan que nadie ha surcado esa ruta, no se sabe cómo es. Hartos sufrimientos han tenido al internarse por itinerarios desconocidos. Abogan por el camino de los portugueses, ya conocido, aunque tengan que esconderse de ellos para que no los atrapen. Como al punto de zarpar la nao Trinidad hizo aguas y hubo de quedarse en Tidore para ser reparada, la Victoria, con gran maestría y mucha suerte tomo la ruta de los portugueses y regresó a casa, resultando que habían dado la vuelta al mundo. La nao Trinidad, dirigida por Gómez de Espinosa, tomó la ruta del Pacífico norte, pero terribles tifones obligó regresar a Tidore con graves desperfectos. Y en Tidore ya estaban los portugueses, quienes encarcelaron a los supervivientes.


Una segunda expedición a las Molucas, comandada por Loaysa y con Elcano como piloto mayor, los cuales murieron antes de llegar a su destino, tomó el mismo derrotero de la primera expedición dirigida por Magallanes y llegados a las islas de las especias hubo porfía con los portugueses. En esa lucha destacó Andrés de Urdaneta que permaneció en esas islas nueve años. Conoció a Gómez de Espinosa y otros supervivientes de la nao Trinidad, quienes le hablaron de la posibilidad de regresar por el Pacífico norte. Si el emperador Carlos vendió las Molucas al rey portugués Juan III por trescientos cincuenta mil ducados significa que estaban en la zona que correspondía al reino de Castilla. Luego no sería un fracaso como apunta Carla Rahn. Andrés de Urdaneta hubo de regresar a España por el océano Índico en barcos portugueses, pero ya estaba obsesionado por la “vuelta del Poniente”. Cuando Legazpi conquistó las Islas de San Lázaro rebautizándolas de Filipinas en honor al rey Felipe II, Urdaneta marcó la derrota de regreso rebasando los 39 grados de latitud norte, en cuya altura navegaron hasta ver tierra americana y bajando a lo largo de las costas de California y México, entraron en Acapulco el 8 de octubre de 1565, quedando así descubierta la”vuelta del Poniente”, que permitió el dominio de las islas del Pacífico hasta 1898.


No cabe duda que la proeza de Juan Sebastián Elcano es única y extraordinaria, pero no tiene porqué menoscabar el mérito de Fernando de Magallanes. Pero ni un solo capítulo del testamento de Magallanes se cumple y ninguna de las cláusulas de las capitulaciones que el mismo rey D. Carlos firmó se respeta. Juan Sebastián Elcano se merece el honor que le ha reservado la Historia, pero tuvieron que morir para que su destino se cumpliera, además de Magallanes, el intrépido Juan Rodríguez Serrano, Duarte Barbosa, Andrés de San Martín y tantos otros. ¿Y si en vez de tener vías de agua la Trinidad allá en Tidore, las hubiera tenido la Victoria? Gómez Espinosa, capitán de la nave almiranta, el que siempre fue fiel a la trayectoria de la empresa magallánica, por fin regresa a España, pero derrotado y abatido, donde nadie se acuerda de él, ni se le reconocen sus servicios, ni por caridad se le atiende. Murió en la más cruel de las indigencias y de los olvidos.​



PEDRO CUESTA ESCUDERO

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